LOS ORÍGENES INTELECTUALES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Autor: Elías Trabulse
Actividad a entregar el jueves 25 de junio por correo a h3iemsc@gmail.com
Lee y contesta lo siguiente de la lectura que incorporo en esta misma entrada.
1. La influencia de las ideas en los acontecimientos históricos
¿Por qué la Ilustración es una
filosofía de la acción?
¿Por qué las ideas ilustradas
fueron tan exitosas durante la Revolución francesa?
2. Las ideas de la Ilustración francesa
Explica en qué consistió la
Revolución científica del siglo XVII
¿Cuál es el elemento medular del
conocimiento científico del siglo de las luces?
¿En qué consistió la crítica
histórica de los ilustrados franceses?
Explica cómo influyó Voltaire
en la crítica de la fe tradicional de Francia.
¿Qué concepto de ser humano
tenían los ilustrados?
3. Francia a la hora de la Revolución
Identifica tres
características de la situación económica de la sociedad francesa durante la
revolución.
Encuentra y anota el concepto
de progreso que tenían los ilustrados
4. El debate sobre la Revolución
De acuerdo con tu opinión,
explica la contradicción entre los principios de la ilustración y el régimen
del terror.
5. El legado de 1789
Explica por qué se dice que La Declaración de los Derechos del Hombre
es la encarnación de toda la Revolución.
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LOS ORÍGENES
INTELECTUALES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
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Elías Trabulse
1. La
influencia de las ideas en los acontecimientos históricos
Uno de los más
interesantes problemas al que se enfrenta un historiador del siglo XVIII es el
de evaluar la influencia que ejerció la filosofía de la Ilustración en ese gran
acontecimiento que fue la Revolución Francesa, ya que es indiscutible que
fueron los postulados teóricos de dicha filosofía los que dieron el impulso
revolucionario al hecho histórico que echo las bases políticas, sociales y económicas
de la democracia moderna. Hasta tal punto es importante esta corriente de
pensamiento que a ella debemos atribuir las luchas libertarias que hace dos
siglos emprendieron por su emancipación los Estados Unidos, Iberoamérica y
diversos países de Europa; y aún hoy, en nuestros días, constituye el
fundamento del debate por la democracia en gran parte del orbe. Y es que la filosofía
del Siglo de las Luces desde Montesquieu hasta Rousseau es una filosofía de la
acción, que llevó a sus seguidores de 1789 a realizar en la práctica lo que los
ilustrados habían propuesto como teoría susceptible de ser aplicada a la
realidad. Esto ha llevado a sus detractores a desvirtuar su verdadero carácter
reformador y a ver en la Revolución que origina, un fenómeno histórico caótico
y fracasado que condujo a la descomposición social y al despotismo político.
Ciertamente
el tema es controvertible, como sucede siempre que se quiere evaluar el papel
de las ideas en los fenómenos históricos. En el caso específico de la Revolución
Francesa ha sido práctica habitual de los historiadores atribuir en gran medida
sus orígenes a causas tales como el desorden financiero de la monarquía, el
caos ministerial, la hostilidad de los parlamentos contra el poder central, los
propósitos de reivindicación de la nobleza, el ascenso de la burguesía o la
pobreza en la que viva parte de la población. Solo en forma esporádica se
intenta ir más allá de los hechos y penetrar en las bases intelectuales que
socavaron el orden establecido y condujeron primero al desafío y luego a la
revolución.
Esto se
explica si consideramos que las ideas pertenecen, por así decirlo, al orden de
los movimientos telúricos subterráneos: en un principio lentos, imperceptibles,
intangibles, invisibles. que de repente salen a la superficie en forma violenta
y provocan los sacudimientos sociales que abren una nueva época. Es en este
momento en que las ideas, al chocar con la realidad, se transformación
profundamente, sobre todo al ser adoptadas y puestas en vigor por hombres de
acción, primero como tentativas de reforma y luego como actos abiertamente
revolucionarios. Es, como decía José Ortega y Gasset, el momento en que las
ideas se vuelven creencias, es decir artículos de fe. Dejan de pertenecer al
dominio de la razón para penetrar en el del sentimiento y la emoción. La fuerza
revolucionaria de una idea transformada en creencia es enorme, aunque con
frecuencia el pueblo, actor de las revoluciones, no conoce la idea original que
hizo surgir las creencias que lo llevan a acciones heroicas o incluso a la
muerte. No es necesario haber entendido un libro o incluso haberlo leído para
recibir, por caminos que desconocemos, su influencia profunda. Frases de
Voltaire, Rousseau o Diderot actuaron en 1789 como puntas de lanza de muchos de
los revolucionarios que desconocían su origen.
Entre 1715 y
1789 este proceso telúrico ocurrió en Francia. Al principio el movimiento fue
lento, las ideas se difundieron primero entre las capas cultas de la sociedad,
y luego, desde 1750 el "espíritu filosófico" penetró también, y con
mayor rapidez, en casi todos los niveles de la sociedad, de tal forma que en 1789
bastaron unos cuantos elementos coyunturales para provocar el sacudimiento político
y social. Ciertamente esas ideas sólo pudieron fructificar en un medio propicio
y con el apoyo de un gran sector de la opinión pública francesa. En esto
estriba el éxito de las ideas ilustradas, en que supieron canalizar el
descontento y el deseo de cambio de los más disímiles sectores de la población,
desde el campesino hasta el aristócrata. Ahora bien, no es fácil determinar el
grado de influencia de las ideas ilustradas en el proceso revolucionario pues
ante la realidad concreta sufrieron transformaciones de forma, más no de fondo.
En qué medida
estuvo la Ilustración presente en los debates de la Asamblea Constituyente, en
la Convención Nacional, en la ejecución de Luis XVI o en el Terror es cosa que
no conocemos y acaso nunca conoceremos con precisión. Más aún, muchos de los
acontecimientos de la Revolución no parecen a primera vista surgidos de las
ideas de los ilustrados. ¿Cómo conciliar a Robespierre con La nueva Eloísa, esa
larga novela sobre, la virtud y la fidelidad escrita por Juan Jacobo Rousseau?
Sin embargo, el responsable de las matanzas de septiembre confeso que era su
libro de cabecera. El contraste es sorprendente, sin duda, pero este caso no es
excepcional: las ideas ilustradas transformadas en "máquinas de
guerra" operaron el cambio.
2. Las ideas
de la Ilustración francesa
Son diversos
y múltiples los elementos que configuraron la filosofía de la Ilustración, y no
deja de ser un poco temerario tratar de condensar en pocas páginas lo que fue
uno de los más vigorosos movimientos intelectuales de toda la historia.
Hagamos, sin embargo, un intento de aproximación.
La Revolución
Francesa tuvo como uno de sus antecedentes a otra revolución que no por
silenciosa fue menos profunda y trascendental: la Revolución Científica del
siglo XVII. En efecto, gracias a los trabajos de Galileo, Descartes, Bacon,
Newton y de muchos otros se configura una idea del cosmos apoyada en un cuerpo
salido de leyes matemáticamente demostrables. El mundo físico pudo ser
explicable en términos cuantitativos. La mecánica newtoniana era la síntesis
científica más completa elaborada por el hombre y la más perfecta manera de
explicar los fenómenos naturales.
Este inmenso
logro llevó a algunos intelectuales a tomar conciencia --como en ninguna otra época
de la historia- de sus potencialidades para dominar la naturaleza por medio de
conocimiento científico. El mundo físico podía ser transformado en beneficio
del hombre. La naturaleza, que en la cosmología medieval era objeto de
contemplación, podría ser ahora, gracias a la tecnología derivada de las
ciencias, un objeto de dominio y explotación que permitiera al hombre un mayor
bienestar.
Esta
entronización del conocimiento científico indujo a los sabios y pensadores del
Siglo de las Luces a considerar como verdaderos sólo los hechos y las teorías
que podían ser verificadas o demostradas por métodos científicos cada vez más
rigurosos.
El elemento
medular de esta actitud era la confianza absoluta en la Razón humana como el único
instrumento para comprender la realidad. La racionalidad de un hecho sea de la
naturaleza que fuere era el criterio para juzgar si era verdadero o falso.
Diderot expresó con claridad el ideario de la época cuando escribió: Tensamos
que el mayor servicio que se les puede hacer a los hombres es enseñarles a
utilizar su razón, para que así puedan tener por verdadero solamente lo que han
verificado y comprobado." El cosmos estaba estructurado en forma racional
y el orden y la armonía de sus leyes así lo probaba.
No fue
difícil para los pensadores del siglo XVIII dar el paso siguiente: pasar del
mundo de las ciencias al mundo moral, o sea del estudio de la física y la
astronomía al de la política y la sociedad, y pretender que el mismo orden y
armonía que existía en aquéllas podía y debía también existir en éstas. La razón
humana era capaz de revelar ese orden del mismo modo que había develado a los
científicos los secretos de la naturaleza. Era entonces necesario crear una
ciencia de la sociedad, de la política y de la economía, que estuviera regida
por leyes tan rigurosas como las de la física.
Pero esto no
era tan sencillo. Largos siglos de tradiciones y costumbres habían creado
estructuras sociales, instituciones políticas y relaciones económicas
consideradas absurdas y opresivas que eran rechazadas por los racionalistas por
estar basadas en la superstición, el miedo y la emoción. Lo que la ciencia
medieval había sido para la ciencia moderna, así la sociedad del presente debía
ser para la sociedad del futuro: el paso de las tinieblas, el oscurantismo y la
servidumbre, a la luz, la razón y la libertad.
Fue de esta
manera como los ilustrados franceses percibieron con claridad lo que debían
destruir para, después, sobre sus ruinas, levantar la nueva sociedad. Leyes,
instituciones y hábitos debían ser modificados a fondo y para ello la mejor
arma de que dispusieron fue la crítica histórica, ya que fue en el estudio del
pasado donde encontraron el origen de todos los males que padecía la sociedad
de su época, a saber, la desigualdad social, el despotismo monárquico y el
fanatismo religioso. Su crítica histórica caló hondo cuando denunciaron como
cuestionables el derecho divino de los reyes, los fueros del clero y de la
nobleza y la autoridad de la religión revelada. Era, en suma, una cruzada
tendiente a reformar -y si era necesario a destruir- un orden para erigir otro,
dictado por la razón. La incredulidad, sea en el campo que fuere, caracteriza
al pensamiento ilustrado. Su fe en la razón tuvo como fundamento, paradójicamente,
el escepticismo más radical. En D'Argenson, Chamfort, Morelly, Diderot,
Voltaire, D'Holbach, Condillac, Helvetius, y en otros más, incluidos novelistas
como Laclos y Sade, encontramos ese profundo espíritu crítico que los llevó a
atacar, sin consideraciones para las tradiciones venerables y los
convencionalismos, todo el edificio de la sociedad en que vivían, desacralizar
lo sagrado y desmitificar las autoridades y los poderes establecidos.
Su principal
punto de ataque fue la religión institucional y religional pues en ella
encontraron el origen de la superstición y el fanatismo, en el que estaba
hundido el pueblo llano. La religión era, según ellos, el falso consuelo de los
oprimidos, de aquéllos que al no poder esperar nada de esta vida ponían sus
esperanzas en la otra. Muchos siglos de cristianismo tiránico habían reprimido
y aun atrofiado su razón con creencias absurdas y con supersticiones sin número.
Sin el
menor respeto a la fe tradicional de una Francia que desde Clodoveo había dado
santos y mártires, los deístas y ateos del Siglo de las Luces inundaron la
tierra de Juana de Arco, la heroína de las revelaciones y las voces que había
salvado a Francia, de libelos satíricos y de pasquines difamatorios, de libros
de teología natural y de coplas irreverentes contra el clero, los sacramentos y
la Escritura sagrada. Casi no hubo punto de la religión que autores como
Voltaire no pusieran en la picota primero de la duda y luego del sarcasmo. Su Diccionario
Filosófico, ese monumento a la impiedad, fue el evangelio de una generación
irreverente. Su poema La Doncella, donde ridiculizaba a Juana de Arco,
circulaba manuscrito, y fue la charla obligada de los salones de enciclopedistas
y librepensadores de mediados del siglo. El mismo Voltaire, en su guerra contra
"la infame", que así calificaba a la religión cristiana, emprendí ya
en la vejez la redacción de una obra titulada La Biblia al fin explicada.
donde destruya en medio de sarcasmos todos los versículos del Génesis tachándolos
de fábulas ridículas. Ciertamente a la lucha contra el cristianismo no le fue
ajena la represión y la, censura, pero estos filósofos supieron bien encubrirse
en el anonimato y en los falsos nombres. No hubo artimaña que no emplearan para
hacer imprimir y difundir sus escritos. La Francia del siglo XVIII vio cómo la religión
de sus padres era atacada en el seno de su cultura, es decir desde dentro de
ella misma. Este fenómeno sin precedentes en cuanto a la intensidad de la contienda
explica el que durante las horas más sombrías de la Revolución se haya llegado
a extremos de persecución religiosa que no hablan sido contemplados en Europa
desde la época del Imperio Romano.
Al actuar de
esta manera los filósofos franceses del XVIII debilitaron hasta tal punto la
estructura de la religión institucionalizada que muchos clérigos y abates
pasaron a sus filas y desde ahí atacaron al poder eclesiástico al cual servían.
Pero, además, vulneraron seriamente a una institución que había sido aliada de
la monarquía por cientos de años y sostén de la sociedad. La ancestral alianza
entre el trono y el altar fue puesta en entredicho con lo que ambas formas de
autoridad se vieron necesariamente cuestionadas.
El ataque contra
la religión tuvo además otro cometido: erradicar de los grupos no privilegiados
la idea de una vida en el más allá, con lo que los impulsaron a buscar en esta
vida lo que era dudoso que encontraran en la otra.
Simultáneo
a su ataque contra la religión los ilustrados denunciaron la irracionalidad de
la estructura social que contradecía visiblemente el orden de la naturaleza al
exhibir sus injusticias. Era necesaria una reforma social, aunque pocos de
entre ellos creían que debía hacerse en forma violenta. Algunos predijeron una revolución,
pero ninguno vio en el futuro un reinado del Terror.
La premisa de
la que partieron era una figura retórica que parecía muy convincente: el hombre
es bueno al nacer, la sociedad lo corrompe y lo hace malo. Es pues necesario
estudiar cuáles son los elementos que hacen nociva a la sociedad y eliminarlos.
De esta -forma las voces que se habían levantado contra la autoridad religiosa
entre 1750 y 1770, comenzaron, desde aproximadamente este año y hasta la Revolución,
a impugnar los derechos de la nobleza hereditaria y la estructura jerárquica de
la sociedad. Los más radicales se atrevieron incluso a criticar el derecho
divino de los reyes que, según ellos, carecía de fundamento ético e histórico.
A menudo se
ha dicho que los filósofos del siglo XVIII se preocuparon sólo en destruir sin
poner nada en lugar de lo que hablan tan cuidadosamente demolido. Esta aseveración
no es del todo exacta. Ciertamente, como ya dijimos, su pensamiento fue
eminentemente crítico y escéptico y sus ataques a la, religión y a la
estructura política y social de su época tenía como finalidad la destrucción de
la primera y la reforma de la segunda. Pero esta actividad critica no se
hubiera llevado a cabo de no estar animada de una profunda convicción,
impregnada de optimismo, sobre lo que podría ser el futuro de la humanidad. No
deja de ser una extraña paradoja que el Siglo de las Luces y de la Razón haya
sido también un gran siglo de la fe. Pero no de la fe al modo cristiano, sino
de la fe en una idea que con altibajos ha llegado hasta nuestros días: la
idea del progreso.
En efecto, la
idea básica, la concepción teórica más notable que nos legó la Ilustración la
idea que hace de hasta una Cosmología- es la creencia de que todos los seres
humanos pueden alcanzar aquí, sobre esta tierra, un estado de perfección que
hasta entonces sólo se había creído posible, dentro del pensamiento occidental,
para los cristianos en estado de gracia, y sólo después de su muerte, en el
cielo. -Este fue el corolario de todo el ideario ilustrado: el hombre era
perfectible y por lo mismo susceptible de alcanzar la felicidad en un paraíso
terrenal y no celestial. Era lo que Carl Becker denominó "la ciudad de
Dios del siglo XVIII"; una ciudad utópica edificada en la tierra para la
felicidad de todos los hombres ya liberados de todos los yugos de la ley, la
comunidad, la religión y la autoridad que los habían "asfixiado"
durante siglos. Y la felicidad del género humano estaba cerca, tan cerca
que muchos de los ilustrados creyeron poderla ver antes de morir. De lo que
para ellos significó ese gran acto de fe vivificante dio cuenta Saint-Just, el
joven revolucionario francés quien ante la Convención afirmó, con una
simplicidad engañosa, lo que fuera el credo de toda una época: "la felicidad
-dijo- es una idea nueva en Europa. Nosotros, a doscientos años de distancia,
ya sabemos los peligros que encierra esa promesa nunca cumplida.
3.
Francia a la hora de la Revolución
La Revolución
Francesa no es fácil de explicar únicamente en términos de crisis económica y
social. Esta interpretación ya resulta, hoy en día, incompleta y hasta cierto
punto superficial ya que desde hace más de un siglo han salido a la luz datos
que la contradicen. De hecho, desde la obra clásica de Alexis de Tocqueville
los historiadores han señalado que las condiciones socioeconómicas de Francia
en 1788 no permitían suponer como inminente el estallido de una revolución. Más
aún, según la historiografía reciente era un país próspero económicamente y en
proceso de expansión. Los datos confirman esta aseveración.
Francia había
visto aumentar su población de 19 a 27 millones de habitantes en poco menos de
un siglo, y en 1789 era el país más poblado de Europa. Sus ciudades estaban
unidas por una excelente red de carreteras, puentes y canales. Poseía zonas
industriales con un fuerte índice de crecimiento, como eran los astilleros de
Burdeos, las manufacturas de seda de Lyon y las textiles de Rouen, Sedan y
Amiens. Su industria metalúrgica era importante debido a las innovaciones tecnológicas
que la hablan transformado desde hacía algunos años. Además, una parte de la población
campesina había logrado, poco a poco, ser propietaria de sus tierras. En 1787
el comercio exterior había alcanzado los 1153 millones de francos, cifra que no
fue superada hasta el año de 1825. El trafico colonial de la marina mercante
francesa era uno de los más activos de Europa sobre todo en especies y azúcar
llevadas de sus colonias. La banca francesa era la más importante del viejo
continente, ya que sus transacciones financieras ascendían a la mitad de todos
los movimientos realizados por la banca europea de entonces.
La situación económica
de Francia en el alba de la Revolución era como la de otros países de Europa
que tenían un aceptable índice de crecimiento económico. Los sectores pobres y
marginados de Francia eran incluso menores en número que los existentes en
otras naciones. Pero esta miseria existía y con su sola existencia hacía
visible la injusticia social que prevalecía, la indigencia en que vivía una
parte de la población de este país, más rico que muchos otros, contrastaba
fuertemente con la opulencia de los grupos privilegiados, particularmente la aristocracia
y el alto clero. Y fue este contraste el que despertó la indignación popular y
en el momento coyuntural apropiado provocó el estallido. Fue un acto de toma de
conciencia popular que en poco tiempo involucró no sólo a las clases miserables
sino también a la burguesía media e incluso a la nobleza de menor rango.
Ahora bien, esa
toma de conciencia popular fue facilitada por la difusión de las ideas de los
ilustrados franceses en grandes sectores de la población. Fue la hora de
triunfo de la propaganda filosófica que había logrado erosionar el orden de
cosas existentes, hasta el punto de provocar un levantamiento popular que en
pocos meses se transformó en una revolución. Al señalar las injusticias de
una sociedad no apegada a la razón y por ella presuntamente antinatural, los
ilustrados agudizaron en los hombres el sentimiento de agravio, pues los
enfrentaron sin velos a los conceptos de justo y de injusto, y al hacer esto
los invitaron a participar del festín de la vida y de la felicidad general que llegaría
al cambiar el orden de cosas existentes. Sus escritos propagandísticos hicieron
que la idea del progreso, una mera teoría filosófica, se transformara en la
creencia en el progreso, es decir en un motor para buscar el cambio. De no
existir esa premisa que prometía un Paraíso terrestre es difícil pensar que un
pueblo próspero hubiera quebrado como lo hizo las estructuras de la sociedad.
Los filósofos propusieron el paradigma y el pueblo lo llevó a la práctica.
4. El debate
sobre la Revolución
Una de las
características de los primeros días de la Revolución Francesa fue el optimismo
ilimitado que despertó en una gran parte de Francia. Incluso algunos
intelectuales afirmaron que en lo sucesivo ya no habría historia pues la meta
ya había sido alcanzada. El pasado era el penoso camino, sembrado de luchas y
de sufrimientos, que habla culminado con una toma de conciencia generalizada
tendiente a cambiar la sociedad y a crear aquí el Paraíso; y, corno es obvio,
el paraíso no tiene historia. De alguna manera el pasado con sus horrores había
sido vencido y sólo pertenecía al recuerdo. En una célebre página el ilustre marqués
de Condorcet, uno de los apóstoles de la idea del progreso, resumió este
optimismo generalizado con las siguientes palabras:
Todo lo que
nos rodea proclama que hemos llegado a una de las mayores revoluciones de la
especie humana. ¿Hay algo más idóneo para iluminarnos sobre lo que debemos
esperar de esa revolución, para procurarnos una guía segura en medio de estos
movimientos, que un estudio de las revoluciones que precedieron y prepararon esta?
El estado actual de la ilustración humana nos garantiza que esta revolución será
una revolución feliz.
A los pocos
meses de haber escrito esto, Condorcet, acosado por los radicales, moría en una
prisión de las afueras de París. La Revolución había dado un vuelco y
comenzaban algunas de las páginas más negras de la historia de Francia.
"La mesa de un largo festín que terminó en patíbulo", escribió Víctor
Hugo medio siglo más tarde. Fue el momento en que la razón ilustrada parecía
abandonar a la Revolución con sus turbulencias políticas y sociales, mandaron,
en su lugar las pasiones, los resentimientos y las venganzas, en suma, la irracionalidad.
¿Cómo conciliar las ideas de tolerancia, benevolencia y humanidad de los
ilustrados con las matanzas de campesinos vandeanos, con las masacres de septiembre
o con la época del Terror? Desde hace dos siglos los franceses han polemizado
en torno a este fenómeno histórico, prueba evidente de que la Revolución Francesa
sigue siendo un asunto vivo y controvertible, que contrasta notablemente con
otros sucesos históricos semejantes que han sido ya investidos con la veneración
indiferente que se otorga al pasado muerto y enterrado.
Uno de los
primeros en señalar la influencia de las ideas ilustradas en la crisis social
que afectaba a Francia fue un inglés, Edmund Burke, quien en 1790 publicó
su célebre obra titulada Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en
la cual mostró con elocuencia el abismo que separaba a las ideas que habían
provocado la revolución de los actos que ésta perpetraba contra la dignidad
humana. Las ruinas de Francia, afirmó en esa obra, con el monumento
"triste pero instructivo" de las ideas temerarias y devastadoras
surgidas de un periodo de paz y tolerancia. El sombrío cuadro que pintaba de la
Revolución era la prueba evidente de que ésta ya había entrado en colisión con
el mundo europeo y que sus anhelos de reforma no iban a quedar ceñidos a las
fronteras de Francia. Pero además, abrió el debate sobre la influencia de las
ideas ilustradas sobre la Revolución, debate que perdura hasta hoy. Así, desde
los primeros decenios del siglo XIX historiadores como Joseph de Maistre, Louis
de Bonald, Tocqueville, Taine, Renan y Mauras, y filósofos- como Augusto Comte,
se mostraron hostiles al "espíritu de 1789" o al menos a las
consecuencias que surgieron de ese espíritu. Su argumentación contra la Revolución
tenía como apoyo tres elementos básicos: 1o. La Revolución fue dañina para
Francia. Fue de hecho, por sus resultados, un fracaso histórico. 2o. La Revolución
fue el producto de las ideas corruptoras de los ilustrados franceses que se habían
dejado influir por las teorías de autores extranjeros como Locke, Rousseau o
los deístas ingleses. 3o. El espíritu revolucionario estaba envenenado por las utópicas
teorías de los filósofos que pensaban que el mismo tipo de normas que se
utilizaban en las ciencias se podía aplicar a la sociedad, lo que era
manifiestamente erróneo.
A lo largo de
los años algunos de estos argumentos surgidos básicamente de los círculos
conservadores y revisionistas que han querido ver en la Revolución Francesa un
fracaso, han sido desmentidos por la investigación histórica. La Revolución fue
de origen puramente francés y la influencia que se ha querido ver de autores
extranjeros ignora que el espíritu crítico es una de las más profundas características
del alma francesa. En efecto, desde Montaigne hasta Voltaire, pasando por
Pierre Bayle, Fontenelle y muchos otros, el escepticismo racionalista fue
siempre uno de los elementos constitutivos del pensamiento filosófico de los
dos siglos que anteceden a la Revolución. Por otra parte, no fue privativo de
Francia aplicar el método científico a los problemas económicos, sociales y aun
políticos. El Siglo de las Luces está lleno de tentativas de este tipo, sólo
que siempre provinieron de arriba, es decir fueron obra del Despotismo
ilustrado.
A la Revolución
Francesa no hay que juzgarla, hay que comprenderla. Para los espectadores del
siglo XVIII fue una obra titánica por el sacudimiento social que provocó; para
nosotros fue ciertamente un momento estelar de la historia europea que, visto a
la luz de los sucesos revolucionarios de los siglos XIX y XX, adquiere otras
dimensiones. Sin embargo, sea cual fuere la opinión que tengamos de ella, es
evidente que representó el fin de una época. La Revolución debe ser medida
tanto por lo que logró como por las resistencias extraordinarias que abatió. El
Antiguo Régimen de Francia no hubiera sido nunca transformado únicamente por
las reformas jurídicas que se propusieron en los Estados Generales. Era un
edificio demasiado imponente, poderoso y cerrado y, además, dueño de la fuerza,
como para ser modificado a fondo sólo con argumentos legales. En esto estriba la
discordancia, percibida por los críticos de la Revolución, entre la
benevolencia de las ideas ilustradas y la brutalidad de los hechos
revolucionarios. Y es que los filósofos franceses del siglo XVIII no vieron que
sus ideas pondrían en marcha una maquinaria de tal naturaleza que permitiría
desafiar la fuerza de la monarquía francesa y liquidarla, sustituyéndola por
otro tipo de poder.
5. El legado
de 1789
El 4 de
agosto de 1789 la Asamblea Constituyente francesa votó la supresión de los
derechos feudales y de las justicias señoriales, la redención de los diezmos y
tributos a los señores, la abolición de todos los privilegios, el
establecimiento de la justicia gratuita y la admisión de todos los franceses a
todos los empleos. Ese fue el final del Antiguo Régimen social en Francia. La Asamblea
pudo entonces reconstruir la sociedad sobre nuevas bases. Decidió colocar a la
cabeza de la Constitución una exposición de los principios generales sobre los
cuales se fundaría el nuevo orden. Esta fue la Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano, votada el 26 de agosto de 1789. Se compone de
diez y siete artículos y fue puesta "bajo los auspicios del Ser
Supremo". Quedaban así establecidas las garantías individuales apoyadas
por un gobierno constitucional. Pero esta Declaración fue también el
advenimiento de la igualdad ante la ley, sin la cual la libertad no sería sino
un privilegio más de los, poderosos. Para los franceses de 1789 libertad e
igualdad eran inseparables: dos palabras para una sola idea.
Francia
quedaba, por así decirlo, fundada de nuevo, apoyada en la libertad individual y
en la igualdad de sus derechos. Se mantenía que por "consenso
voluntario" de sus ciudadanos la nación francesa se proclamaba una e
indivisible. El 14 de julio de 1790 se declaraba un estado federado en el cual
sus habitantes eran libres y autónomos para elegir su destino. ésta fue una de
las más originales aportaciones de la Revolución.
Por otra
parte, los hombres de 1789 nunca pretendieron que su idea de los derechos del
hombre y del ciudadano quedara reservada sólo para los franceses. Los
revolucionarios concibieron la libertad y la igualdad como derechos naturales
de la humanidad. Imaginaron que todos los pueblos emularían su ejemplo e
incluso soñaron con el momento en que todas las naciones, ya liberadas, podrían
reconciliarse las unas con las otras en una paz universal.
La Declaración
de los Derechos del Hombre es la encarnación de toda la Revolución. El
largo conflicto que sacudió a Francia desde 1789 hasta 1830 fue en esencia un
largo debate sobre ese documento fundamental que es el resumen de todo el
movimiento ideológico francés del siglo XVIII. Muchos de los ilustrados
participaron en su elaboración a pesar de haber ya desaparecido del escenario
cuando se levantó el telón del drama revolucionario. En ese documento
convergieron los ideales de varias generaciones y en su momento y, aún ahora,
representa el sumario de los anhelos del pensamiento ilustrado.
A través de
los siglos el pensamiento de Occidente, configurado por el cristianismo había
canalizado sus esfuerzos, en medio de múltiples vicisitudes, hacia la liberación
del individuo. El cristianismo apoyó la libertad del individuo para que éste
pudiera trabajar en paz por la salvación de su alma. Sin embargo, de los siglos
XVI al XVIII muchos pensadores dirigieron su mirada a problemas más terrenales.
El humanismo y el racionalismo impulsaron al hombre a deshacerse de las cadenas
que lo ataban al más allá y a convertirse en el señor de la naturaleza. Por
diferente y aún opuesta que nos pueda parecer esta doctrina con respecto a la
del cristianismo, es evidente que ambas promulgaban la primacía del individuo y
exigían respeto por el, ya que le reconocían al hombre derechos naturales que
no podían nunca prescribir, y le asignaban a la autoridad del Estado la única
finalidad de proteger esos derechos y a hacer de la persona humana un sujeto
digno de ellos. El cristianismo había prometido la salvación para todos como
individuos, y sin distinción de raza, idioma o nación. La filosofía occidental
posterior al Renacimiento reconoció esta unidad de la humanidad; mantuvo viva
la idea, únicamente la secularizó. Estos principios llegaron hasta la Declaración
de los Derechos del Hombre donde se establece que el individuo libre y autónomo
es el fin supremo de toda organización social y del estado, y que no deben
existir distinciones entre las razas humanas.
A lo largo de
doscientos años la Declaración ha sido objeto de diversas críticas y
objeciones. Se la ha acusado sobre todo de ser una mera abstracción alejada de
la vida real, pues algunos de los derechos que proclama son un ideal difícilmente
alcanzable. Además, no toma en cuenta las circunstancias particulares de cada país,
sus hábitos, costumbres y tradiciones, ni el carácter contingente y culturalmente
relativo de la declaración, así como las situaciones de crisis económica o política,
e incluso de guerra, situación extrema en la que el estado debe limitar por la
fuerza los derechos individuales.
Otro tipo de critica
que le ha sido hecha a la Declaración, sobre todo en nuestros días, es la de
que favoreció a una clase, la burguesía, a expensas de las otras, lo que ha
conducido inevitablemente a conflictos sociales. En efecto, la Declaración
enumera la propiedad entre los derechos del hombre. Más aún, aunque no esté
mencionada explícitamente, la libertad económica se deduce del espíritu de
algunos de sus principios, lo que ha permitido que se le acuse de alentar sin
control el desarrollo del capitalismo y favorecer la lucha de clases entre los dueños
del capital, es decir de la propiedad, y el proletariado y la fragmentación de
la comunidad.
Aquí debemos señalar
que los constituyentes de 1789 tenían ante sus ojos a una sociedad en los
albores del capitalismo moderno y en la cual el incremento en la capacidad
productiva aparecía como el correctivo esencial e imperativo para aliviar la
pobreza y la carestía. Los pobres y los marginados aparecen una y otra vez en
los debates de la Asamblea y a ellos estuvieron dirigidas muchas de las
reformas, pues representaban la prueba palpable de la sociedad injusta que había
sido cancelada. Algunos miembros de la Asamblea afirmaron, en la línea de Juan
Jacobo, Rousseau, que la democracia no es compatible con una excesiva
desigualdad económica, y que era el deber de la comunidad señalar esas
diferencias y corregirlas por medio de la ley. De esta forma la libertad económica
proclamada por los Derechos del Hombre no es la libertad concedida a
unos pocos para explotar a la mayoría, sino la expresión clara de que es la ley
la que debe restringir los derechos de los propietarios en favor de las clases
pobres.
Esto nos
conduce a un punto esencial para comprender los alcances de la Declaración:
el de las diversas interpretaciones que es posible hacer de ella y que pueden
justificar actos incompatibles con su espíritu. Los hombres de 1789 señalaron
con claridad que los ciudadanos investidos con el poder de gobernar deben
enfrentar sus responsabilidades y procurar el bienestar social suprimiendo los
abusos por medio de la ley.
Nada revela
mejor el carácter moral de la Declaración que el hecho de que exige del
ciudadano y del legislador conducta íntegra, espíritu crítico, y respeto a los
derechos de los demás, es decir, espíritu cívico.
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