lunes, 25 de mayo de 2020

Actividad 3 de recuperación: Porfiro Díaz y Madero en caliente


Realiza la siguiente lectura y redacta un resumen en tu cuaderno. Mándamela a mi correo el 27 de mayo; pero si no te es posible, entonces guárdala en tu cuaderno y te la reviso cuando se abran las puertas de la escuela.
Ignacio Solares propone una ficción histórica ambientada en las fiestas suntuosas del Centenario, cuya cauda de bailes, desfiles e inauguraciones se hallaba dolorosamente lejos de la realidad nacional
En Regeneración, Enrique Flores Magón escribió: “Para la gente en general, el Presidente Porfirio Díaz es un enigma y se pregunta por qué hace gala de tanta severidad. Nosotros creemos que obedece a un rasgo hereditario. Piensen en Chepe, su padre, el domador de caballos. Caballo que no lograba amansar con su látigo dotado de una estrella de acero en la punta era caballo que mataba. Cuando niño, Porfirio Díaz, para vengarse de su hermano Félix por una disputa
cualquiera, ¿qué fue lo que hizo? Esperó a que se durmiera y ya dormido le rellenó las narices de pólvora, prendiéndole fuego. Desde entonces, al hermano se le llamó el Chato Félix. Porfirio Díaz, ya en la presidencia, hizo gobernador de Oaxaca a su hermano, pero el Chato Félix era borracho y cruel. Le gustaba ultrajar a la gente y la gente lo mató en Juchitán. Dos semanas más tarde, los juchitecos oían un concierto en la plaza central y de pronto apareció el ejército, lanzándose sobre la multitud. Hirieron o mataron a todos, sin importar que fueran ancianos, mujeres o niños. ¿Fue un incidente aislado en la naturaleza del Presidente? De ningún modo. Durante la rebelión de Lerdo de Tejada, el gobernador de Veracruz Mier y Terán, arrestó a nueve sublevados y le telegrafió a Díaz solicitando sus órdenes. El Presidente respondió con una frase histórica: ‘Mátalos en caliente’ ”.
Cuando le dieron el reporte de lo sucedido en la plaza central de Juchitán: las tropas del gobierno incontenibles una vez dada la orden de acabar con todos, se lanzaron a la caza de hombres, mujeres y niños, a balazos, a bayoneta, a machete, a cuchillo, sacando los cadáveres traspasados, abiertos, descabezados, mutilados, en medio de las calles, para mejor escarmiento, algunos fugitivos, enlazados como novillos en rodeo, eran arrastrados por la caballería sobre los suelos de adoquines o de pura tierra; cuando le dieron el reporte, Díaz se limitó a mover la cabeza a los lados y comentar: “Meterse con el hermano del Presidente, a quién se le ocurre”. Y seguramente se le vino a la mente la imagen del instante en que el Chato Félix despertó —chato a partir de ese momento, precisamente— y lo miró con unos ojos dotados de una tremebunda expresión, con la hueca y sangrante nariz, ya ausente.

Sobre todo en las ceremonias y los eventos especiales, Díaz hacía gala de esa severidad de carácter. No soportaba las notas disonantes. Durante las fiestas del Centenario de la Independencia, los dos mil doscientos mendigos oficiales con que contaba la ciudad no pudieron ejercer su oficio por órdenes de la policía.
Proliferaban en todas las esquinas, haciendo gala de sus llagas, agitando sus muñones, mostrando a sus hijos famélicos, pidiendo la limosna a gritos o sólo gimiendo con una especie de falsete. Literalmente, fueron levantados a garrotazos. A los indios de plano se les prohibió la entrada a la ciudad para que sus remiendos y disforme aspecto no contrastaran con la galanura del espectáculo. Se importaron miles de toneladas de trigo y maíz para regalárselos y que los ilustres huéspedes no vieran las colas de andrajosos que se formaban frente a las tiendas.
Nada feo debía distraer la emoción del momento cuando el señor Presidente mostraba al mundo su imagen cesárea. Su cabeza altiva, de mirada dura pero serena, a la vez como de roca y de agua bajo la luna, emergía de un uniforme sobre el cual destacaban, con las altas charreteras y los laureles bordados de oro, las cadenas, placas y cruces con que lo habían condecorado los reyes y los presidentes de casi todo el mundo. (Aunque quizá ningún otro homenaje lo halagó tanto como cuando León Tolstoi lo llamó “Milagro de la naturaleza”.)
En el carruaje presidencial, tras sus cuatro caballos enjaezados con caparazones y penachos blancos, se le veía por las calles del centro de la ciudad, con su gallardo sombrero montado, agradeciendo con una mano en alto el clamor popular, las flores y los pañuelos perfumados que le lanzaban desde los balcones.

No todos los días se celebra el Centenario de nuestra Independencia. El mundo entero debía estar presente. El marqués de Polavieja, enviado de Alfonso XII, le devolvió a México el uniforme y la espada de Morelos, que España guardaba como un trofeo de guerra, y condecoró a Díaz con la Gran Cruz y el Collar de la Orden de Carlos III, privilegio concedido sólo a la nobleza. El embajador de China regaló un ajuar de un gusto exquisito. Los enviados del káiser, del zar de Rusia, de Francia, de Inglaterra y de los países latinoamericanos, en rimbombantes ceremonias, le llevaron presentes con solemnes caravanas ante el augusto dictador. Los discursos hacían gala de la más frondosa oratoria —cuanto más frondosa, sonora, ciceroniana, ocurrente en la imagen, implacable en el epíteto, arrolladora en el crescendo, más eficiente, se suponía. Se comparó a Porfirio Díaz con Aníbal, con Bismarck, con Pedro el Grande. Hubo desfiles de carros alegóricos en el Paseo de la Reforma camino al Zócalo, se estrenó la Escuela Normal Superior, Justo Sierra reabrió la Universidad Nacional, se inauguró el manicomio de La Castañeda, un teatro de mármol italiano —que no se alcanzó a terminar— con pegasos de bronce, una estatua de Humboldt en la Biblioteca Nacional, se puso la primera piedra de una nueva cárcel. El 16 de septiembre se inauguró el Monumento a la Independencia y el 18 el Hemiciclo a Benito Juárez (que, se dijo, por su suntuosidad más parecía dedicado a Maximiliano). Hubo bailes donde los hombres vestían de frac o de uniforme, y las mujeres aparecían cubiertas de alhajas y de creaciones francesas. Banquetes con menús de la más alta cocina nacional e internacional: lo mismo enchiladas que langosta, faisán, lechones, pavos, mariscos, aguas frescas de sabores o los mejores vinos y champaña.
Federico Gamboa escribió en Mi diario:
“Septiembre de 1910 ha sido para México un mes de ensueño, de rehabilitación, de esperanza y de íntimo regocijo nacional. Nadie, ni los mexicanos más castizos y amantes de su país, pudieron imaginar reconocimiento mundial tan unánime para nuestro país. El gobierno del Presidente Díaz, tan calumniado por algunos, ha mostrado su verdadero rostro. El Presidente, quien con puño firme, férrea, inquebrantable y patriótica decisión, dígase lo que se quiera de sus defectos, curó a México de sus dolencias endémicas y le dio a manos llenas la tolerancia, la honradez administrativa y la bendición suprema de la paz, así sus malquerientes opinen que ésta sólo ha sido una ‘paz orgánica’. Suponiendo sin conceder, que estén en lo justo, ¿cuándo antes la disfrutó nuestra tierra, adolorida de muy antiguo? La paz, orgánica o no orgánica, siempre fue el anhelo por excelencia de todos los pueblos, porque trae aparejado el prestigio entre los de afuera y la prosperidad de los de adentro […]
“Sin embargo, hay que reconocerlo, hubo en estos festejos algunas notas discordantes. La noche del 15, en esta ocasión alcanzó proporciones indescriptibles el entusiasmo nacionalista. Fueron tantos los invitados a Palacio, que se hizo necesario multiplicar el servicio de los ambigús calculados.
“Karl Bünz, embajador de Alemania y excelente amigo, prefirió no sentarse enseguida a la mesa y me invitó a contemplar, desde uno de los balcones, el espectáculo —¡único en América!— de nuestra Plaza de Armas en aquellos momentos, cuando la muchedumbre que la llenaba a tope vitoreaba aún, con el alma en la garganta, el ‘grito’ dado por nuestro Presidente. En esas estábamos Bünz y yo, él suspenso y yo encantado, como siempre que presencio la patriótica y popular manifestación de nuestro ‘grito’. Pacífica y risueña manifestación del alma mexicana, con el tañer de las campanas de Catedral, rasgueo de guitarras, cantos y gritos eufóricos, deteniéndose la gente frente a las vendimias alumbradas con ocote, en que freían y vendían los más variados alimentos y golosinas, como enchiladas y buñuelos, y se pregonaban cacahuates y frutas confitadas. Todo esto veíamos, cuando en la bocacalle de Plateros se produjo un insólito arremolinamiento de gente rijosa. Se oyó destemplado vocerío y adivinamos un terco ondular y chocar de personas. A tamaña distancia no acertamos a dilucidar qué sería aquello. Apenas si distinguíamos que un emblema, estandarte o cuadro, oscilaba y se erguía por sobre las cabezas anónimas, cual si unos y otros se lo disputaran a viva fuerza.
“De pronto, uno, dos, tres fogonazos con sus sendos truenos inconfundibles, rayaron la relativa penumbra en que las iluminaciones, ya mortecinas, iban sumiendo a la Plaza de Armas. A poco, en desorden y con mayores voces, el remolino humano se abrió paso y avanzó con clara violencia frente al Portal de Mercaderes, la Casa del Ayuntamiento, rumbo a Palacio.
“—Tiros, ¿verdad? —exclamó notoriamente preocupado el embajador de Alemania.

“—Posiblemente —repuse—. Tiros o cohetes disparados al aire por el júbilo desmedido que la fecha provoca.

“El remolino siguió avanzando hasta desfilar por debajo de nuestro balcón. Bünz permanecía intrigado, con unos ojos muy abiertos, mientras yo me sentía como sin sangre en el cuerpo, pues ya descifraba los gritos: ¡Viva Madero! ¡Viva Madero! Y ya veíase qué era lo que en alto llevaban: un retrato en cromo del mismo Madero, enmarcado en paños tricolores.
“—¿Qué gritan? —me preguntó Bünz.
“—Vivas a los héroes muertos y al Presidente Díaz —respondí.

“—¿Y el rostro de quién es? —insistió.
“—Del general Porfirio Díaz —repuse sin titubeos.
“—¿Con barbas? —preguntó, abriendo unos ojos de asombro.
“—Sí —le mentí con aplomo—. Las gastó de joven y el retrato es antiguo…
“Amargado ya el resto de la noche por indicio tan significativo, tuve la aprensión de que algo grave se aproximaba, de que quizá las fiestas suntuosas del Centenario no eran el mejor exponente de la realidad nacional, tan trabajosamente conquistada, con que el país entero coronaba y homenajeaba al reconstructor de la patria, al caudillo meritísimo que no obstante sus muchos años empuñaba aún con mano firme el timón de la antes desmantelada nave del Estado […]
“Mayor sorpresa me aguardaba al día siguiente, ya reunidos el general Díaz con su gabinete en el salón de acuerdos de Palacio, momentos antes de emprender los festejos de la mañana, cuando le conté lo sucedido al lado del embajador alemán. El Presidente me clavó su mirada inquisitiva. Incluso le dije, tratando de darle un tono de broma a mis palabras, cómo lo había yo declarado con barbas en sus años mozos, algo que no pareció hacerle ninguna gracia.”
Los secretarios de Estado se quedaron helados. Devoraban con ojos airados a Gamboa y uno de ellos hasta le tiró los faldones de su casaca bordada para acentuar la reprobación general. Los labios de todos los presentes se movían sin que los acompañara la voz, como queriendo emitir palabras que no sonaban, que no podían sonar.
Lo que siguió, vuelve a dar muestra de esa severidad de carácter del caudillo, a que hacía referencia Flores Magón. Antes de salir de Palacio, el Presidente pidió hablar a solas un momento con su secretario de Guerra, el general Manuel González Cosío, quien le confirmó lo relatado por el secretario de Relaciones Exteriores, Federico Gamboa. Incluso, le dijo que Francisco I. Madero, desde la cárcel de San Luis Potosí, en donde permanecía preso desde fines de junio, había lanzado un manifiesto a la nación, en algunas de cuyas partes decía:
“Conciudadanos, no vaciléis ni un momento: tomad las armas, arrojad del poder al tirano, recobrad vuestros derechos de hombres libres […]”.
Seguramente, Porfirio Díaz volvió a recordar la imagen de su hermano desnarigado, con su mirada tremebunda y feroz; la matanza de Juchitán; la rebelión de Lerdo de Tejada, cuando el gobernador de Veracruz Mier y Terán le solicitaba ansiosamente sus órdenes; las ejecuciones sumarias, las persecuciones, el terror durante la huelga en Río Blanco… Tantos otros momentos en que no le tembló el pulso para tomar una decisión radical. ¿Por qué iba a temblarle ahora?
Sus perentorias órdenes a su secretario de Guerra no dejaban lugar a dudas:
“—Estamos por inaugurar el monumento a nuestra Independencia en unas horas más. No podemos andarnos con tonterías. Que le apliquen la ley fuga hoy mismo en la cárcel de San Luis Potosí al tal Francisco I. Madero, en caliente”.

Ignacio Solares. Escritor. Entre sus libros: Imagen de Julio Cortázar, Delirum Tremens y Nen, la inútil.

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