Actividadexclusiva para los estudiantes que no realizaron el análisis del documento histórico indicado en clase.
- Ve el siguiente video que se titula La decena trágica:
Apunta en tu cuaderno los acontecimientos que te parezcan más relevantes de ese hecho histórico.
- Lee la siguiente lectura y explica, en tu cuaderno, cómo se relacionan los acontecimientos que ahí se narran con los del video.
Lleva esta actividad a la siguienteclase
Cien años del asesinato de Madero y Pino
Suárez
--Levántense, señores –dijo el
coronel Joaquín Chicarro.
Los tres prisioneros se levantaron
de los catres de campaña en donde intentaban dormirse. Era el 22 de
febrero de 1913. Pasaban de las diez de la noche.
Francisco I. Madero había estado
llorando en silencio, con el rostro cubierto con una frazada, porque
acababa de enterarse del asesinato de su hermano Gustavo. Se puso en
pie con el cabello y la barba revueltos. El general Felipe Ángeles
preguntó:
--¿A dónde nos llevan? ¿Qué es
esto?
Chicarro contestó:
--Los llevamos a la Penitenciaría,
mi general. Allá estarán mejor.
Ángeles comenzó a abotonarse la
guerrera, pero Chicarro le dijo:
--A usted no, mi general. Solamente
a ellos.
José María Pino Suárez se visitó
con rapidez y salió a la habitación contigua. El día anterior le
había dicho al embajador cubano Manuel Márquez Sterling: “¿Qué
he hecho yo para que quieran matarme? Créame usted que solo he
deseado hacer el bien, respetar la vida y el sentir de los
ciudadanos, cumplir con las leyes y exaltar la democracia… Mírenos
ahora, ¿no le parecemos el presidente Madero y yo como en capilla?”.
Cuando vio que Madero se disponía a
salir, Felipe Ángeles se colocó frente al coronel Chicarro y el
hombre que lo acompañaba, el mayor de rurales Francisco Cárdenas.
--Qué, ¿no voy yo también? –les
dijo.
--No, mi general –contestó
Cárdenas--. Usted se queda aquí.
Madero se despidió de Ángeles con
un abrazo; Pino Suárez, desde el patio, con un gesto de la mano. Los
subieron a dos automóviles que el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio
de la Torre, y el empresario Cecilio Ocón, habían facilitado. El
mayor Cárdenas abordó el Protos cerrado en el que iba Madero; uno
de sus hombres de confianza, el cabo de rurales Rafael Pimienta, el
Peerles que conducía a Pino Suárez.
El chofer de uno de los autos, Ricardo Hernández, en el que viajaba Pino Suárez, declaró tiempo después que los autos se detuvieron frente a la puerta principal de la Penitenciaría de Lecumberri, que el mayor Cárdenas cruzó unas palabras con un celador, y que luego pidió a los choferes que bordearan los muros del edificio, hacia la parte posterior del penal. Oyó que Cárdenas le dijo al presidente:
--¡Baje usted, carajo!
El chofer de uno de los autos, Ricardo Hernández, en el que viajaba Pino Suárez, declaró tiempo después que los autos se detuvieron frente a la puerta principal de la Penitenciaría de Lecumberri, que el mayor Cárdenas cruzó unas palabras con un celador, y que luego pidió a los choferes que bordearan los muros del edificio, hacia la parte posterior del penal. Oyó que Cárdenas le dijo al presidente:
--¡Baje usted, carajo!
En los documentos del proceso contra
los asesinos de Madero y Pino Suárez, Hernández declaró que “el
mayor Cárdenas le dirigió al presidente algunos tiros que le
tocaron en el costado izquierdo, cayendo del mismo lado sin decir una
sola palabra. Casi al mismo tiempo (el cabo Pimienta) dio orden al
vicepresidente Pino Suárez para que bajara, y que al hacerlo,
igualmente lo tirotearon; que el señor Pino Suárez quiso decir
algo, pero la agresión fue tan rápida, que no pudo más que exhalar
un suspiro que el declarante pudo oír perfectamente… Que tan
pronto como se desplomaron los señores presidente y vicepresidente,
tanto el mayor Cárdenas como los otros se pusieron a esculcarlos y
luego, con las carabinas en la mano y en presencia de nosotros les
hicieron fuego a los automóviles por detrás”.
El otro chofer, Ricardo Romero, declaró que al ver caer a Pino Suárez, uno de los asesinos dijo: “Todavía se mueve este hijo de la chingada”, e “hizo fuego sobre dicho señor hasta quemar todos los cartuchos que el arma tenía”. Dijo también que cuando el mayor Cárdenas “jaló el cadáver del señor Pino Suárez, cayó de los bolsillos de la ropa de éste, un reloj y una cadena de color blanco y un lapicero de color amarillo. Que tomando Cárdenas dichos objetos con los dedos índice y pulgar, los levantó en alto, y como uno de los que estaban ahí le preguntara “qué cosa es”, Cárdenas respondió: “Nomás un lapicero”.
El otro chofer, Ricardo Romero, declaró que al ver caer a Pino Suárez, uno de los asesinos dijo: “Todavía se mueve este hijo de la chingada”, e “hizo fuego sobre dicho señor hasta quemar todos los cartuchos que el arma tenía”. Dijo también que cuando el mayor Cárdenas “jaló el cadáver del señor Pino Suárez, cayó de los bolsillos de la ropa de éste, un reloj y una cadena de color blanco y un lapicero de color amarillo. Que tomando Cárdenas dichos objetos con los dedos índice y pulgar, los levantó en alto, y como uno de los que estaban ahí le preguntara “qué cosa es”, Cárdenas respondió: “Nomás un lapicero”.
El cabo Rafael Pimienta había
estado bebiendo esa tarde en la cantina El Océano de la calle de
Corregidora. A las siete de la noche se presentó un rural del
séptimo cuerpo y le dijo:
--El mayor Cárdenas ordena que a la mayor brevedad se presente armado de carabina para una comisión.
Uno de los militares que departía con él, Rafael Sandoval Islas, declaró que Pimienta regresó al cuartel a la una de la mañana y le ordenó por conducto de un soldado que se levantara “pues quería platicar y sentía hambre”. Dijo Sandoval:
--El mayor Cárdenas ordena que a la mayor brevedad se presente armado de carabina para una comisión.
Uno de los militares que departía con él, Rafael Sandoval Islas, declaró que Pimienta regresó al cuartel a la una de la mañana y le ordenó por conducto de un soldado que se levantara “pues quería platicar y sentía hambre”. Dijo Sandoval:
“En la orilla de la banqueta,
Pimienta contó al que esto expone que los señores Madero y Pino
Suárez acababan de ser muertos… Pimienta refirió que Cárdenas
personalmente hirió de dos tiros de pistola al señor Madero,
mientras él, tal vez sugestionado por el ejemplo de su jefe, pegó
al señor Pino Suárez un balazo en la espalda. El vicepresidente, al
sentirse herido, volvió la cara a su asesino y éste volvió a herir
nuevamente con un balazo al mismo en la cara; después la tropa, por
orden de sus jefes, los remató con las carabinas… Que días
después, en sus momentos de intemperancia alcohólica Pimienta
relataba en mancebías y cantinas cuál fue su papel en aquel
asesinato, y como si esto no bastara, exhibía, ufanado, un casquillo
vacío calibre .38 Colt, engarzado en oro, diciendo que con aquellos
confititos había tenido Pino Suárez…”.
No hubo castigo. Francisco Cárdenas
huyó a Guatemala y vivió en aquel país disfrazado de arriero. Se
suicidó el 29 de noviembre de 1920, en una plaza de armas, cuando su
verdadera identidad se descubrió. El cabo de rurales Rafael
Pimienta, que antes de que se cumpliera un año del asesinato había
sido ascendido a general, fue sometido a un largo proceso en el que,
finalmente, los testigos cambiaron sus versiones o se retractaron.
Altos jefes del obregonismo, entre ellos Benjamín Hill,
intercedieron para que se le juzgara, no por asesinato, sino por
encubrimiento. En 1922, un Consejo de Guerra decidió absolverlo. La
impunidad era el signo. Vivimos en ella en los tiempos que siguieron.

