viernes, 30 de junio de 2017
De los caudillos a las elecciones
Ve con atención el video y elige 10 hechos importantes sobre el cambio democrático en México y anótalos en tu cuaderno. Incluye un comentario personal sobre la transición a la democracia en México.
martes, 23 de mayo de 2017
Citas de Mi lucha y ¿Quiénes son los judios?
Actividad 1
- Lee con atención las siguientes citas de Mi lucha, de Adolf Hitler (1924)
- Copia las citas en un procesador de texto, imprímelas y subraya las ideas más importantes.
- Lleva esta actividad a la siguiente clase.
La experiencia diaria confirmaba la realidad histórica
de la actividad de los Habsburgos. En el Norte y en el Sur la mancha
de las razas extrañas se extendía amenazando nuestra nacionalidad,
y hasta la misma Viena empezó a convertirse en un centro
anti-alemán. La Casa de Austria tendía por todos los medios a una
chequización o eslavización del Imperio, y fue la mano de la Diosa
Justicia y de las leyes compensatorias la que hizo que el adversario
principal del germanismo austriaco, el Archiduque Francisco Fernando,
cayera bajo el mismo plomo que él ayudó a fundir. Francisco
Fernando era precisamente el símbolo de las influencias
ejercidas desde el poder para lograr la eslavización de
Austria-Hungría.
Algo más me fue dado observar todavía: la brusca
alternativa entre la ocupación y la falta de trabajo y la
consiguiente eterna fluctuación entre los ingresos y los gastos, que
en muchos destruye a la larga el sentido de economía, así como la
noción para un modo razonable de vida. Parece que el organismo
humano se acostumbra paulatinamente a vivir en la abundancia en los
buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre destruye
todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y
más razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan
acariciar por el sueño de una
vida mejor, sueño que arrastra de tal manera su
existencia que olvidan las pasadas privaciones, después que reciben
sus salarios. Así se explica que aquel que apenas ha logrado
conseguir trabajo, olvida toda previsión y vive tan desordenadamente
que hasta el pequeño presupuesto semanal del gasto doméstico
resulta alterado; al principio, el salario alcanza en lugar de siete
días, sólo para cinco; después únicamente para tres y, por
último, escasamente para un día, despilfarrándolo todo en una
noche.
Del mismo modo que la Naturaleza no concentra su mayor
energía en el mantenimiento de lo existente, sino más bien en la
selección de la descendencia como conservadora de la especie, así
también en la vida humana no puede tratarse de mejorar
artificialmente lo malo subsistente - cosa de suyo imposible en un 99
por ciento de los casos, dada la índole del hombre - sino por el
contrario debe procurarse asegurar bases más sanas para un ciclo de
desarrollo venidero.
El problema de la "nacionalización" de un
pueblo consiste, en primer término, en crear sanas condiciones
sociales como base de la educación individual; porque sólo aquel
que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza
cultural y, ante todo, la grandeza política de su propia Patria,
podrá sentir y sentirá el íntimo orgullo de ser súbdito de esa
Nación. Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama sólo
lo que se respeta, pudiéndose respetar únicamente aquello que se
conoce.
El rechazo profundo de toda tentativa hacia el
mejoramiento de las condiciones de trabajo para el obrero, tales como
la instalación de dispositivos de seguridad en las máquinas, la
prohibición del trabajo para menores, así como también la
protección para la mujer - por lo menos en aquellos meses en los
cuales lleva en sus entrañas al futuro ciudadano- contribuyó a que
la Socialdemocracia cogiese a las masas en su red. Dicho partido
sabía aprovechar todos los casos en que pudiese manifestar
sentimientos de piedad para los oprimidos. Nunca podrá reparar
nuestra burguesía política esos errores, pues, negándose a
dar paso a todo propósito tendente a eliminar anomalías sociales,
sembraba odios y justificaba aparentemente las aseveraciones de los
enemigos mortales de toda nacionalidad, de ser el Partido
Socialdemócrata el único defensor de los intereses del pueblo
trabajador.
La pregunta es la siguiente: ¿Es o no de interés
nacional destruir todo lo que se atraviese en el camino de la vida
social justa? Si. Y creemos que la lucha debe ser entablada con todas
las armas que puedan asegurar el triunfo. El trabajador,
individualmente, no está nunca en condiciones de lanzarse con Éxito
a un a lucha contra el poder del gran empresario. En este conflicto
no se trata del problema de la victoria del Derecho. Si así
fuese, el simple reconocimiento de ese derecho haría cesar toda
lucha, pues desaparecería, en ambas partes, el deseo de combatir. En
aquel caso el sentimiento de justicia por sí solo haría terminar la
lucha de forma honorable o, mejor, nunca se llegaría a ello.
Mientras el trato asocial e indigno dado al hombre
provoque resistencias, y mientras no se hayan instituido autoridades
judiciales encargadas de reparar los daños, siempre el más fuerte
vencerá en la lucha.
En la ciudad de Linz vivían muy pocos judíos, los que
en el curso de los siglos se hablan europeizado exteriormente, y yo
hasta los tomaba por alemanes. Lo absurdo de esta suposición me era
poco claro, ya que por entonces veía en el aspecto religioso la
única diferencia peculiar. El que por eso se persiguiese a los
judíos, como creía yo, hacía que muchas veces mi desagrado frente
a las expresiones ofensivas para ellos se acrecentase. De la
existencia de un odio sistemático contra el judío no tenia yo
todavía ninguna idea, en absoluto.
Lo
que frecuentemente me chocaba era la forma servil con que la prensa
adulaba a la Corte. Casi no había suceso de la vida cortesana que no
fuese presentado al público con frases de desbordante entusiasmo o
de plañidera aflicción, según el caso. Aquello me parecía
exagerado y lo consideraba como una mancha para la democracia
liberal. Alabar las gracias de esa Corte, y en forma tan baja, era lo
mismo que traicionar la dignidad del pueblo. Ésta fue la primera
sombra que debía turbar mis afinidades espirituales con la gran
prensa de Viena.
Me
encolerizaba con el hecho de que, en un país en el que cualquier
imbécil no sólo reivindicaba para sí el derecho de crítica
(incluso el Parlamento tenía facultades de legislar para la Patria),
el poseedor de la Corona Imperial pudiera recibir amonestaciones de
la más superficial de las instituciones de todos los tiempos.
¡Cuántas
ideas preconcebidas tuvieron también que modificarse en mí al
cambiar mi modo de pensar respecto al Movimiento Cristianosocial! Y
con ello cambió igualmente mi criterio acerca del antisemitismo;
ésta fue sin duda la más trascendental de las transformaciones que
experimenté entonces. Ello me costó una intensa lucha interior
entre la razón y el sentimiento, y sólo después de largos meses la
victoria empezó a ponerse del lado de la razón. Dos años más
tarde, el sentimiento había acabado por someterse a ella, para ser,
en adelante, su más leal guardián y consejero.
Con
motivo de aquella dura lucha entre la educación sentimental y la
razón pura, la observación de la vida de Viena me prestó servicios
inestimables.
Naturalmente
que ya no era dable dudar de que no se trataba de alemanes de una
creencia religiosa especial, sino de un pueblo diferente en sí; pues
desde que me empezó a preocupar la cuestión judía, cambió mi
primera impresión sobre Viena.
Por
doquier veía judíos, y, cuanto más los observaba, más se
diferenciaban a mis ojos de las demás gentes. Sobre todo en el
centro de la ciudad y en la parte norte del canal del Danubio, se
notaba la presencia de un verdadero enjambre de individuos que, por
su aspecto externo, en nada se parecían a los alemanes. Y si aún
hubiese dudado, mi vacilación habría tenido que tocar
definitivamente a su fin, debido a la actitud de una parte de los
judíos mismos.
Se
trataba de un gran Movimiento que tendía a establecer claramente el
carácter racial del judaísmo. Este Movimiento era el sionismo.
Aparentemente
apoyaba tal actitud sólo un grupo de judíos, en tanto que la
mayoría la condenaba; sin embargo, al analizar las cosas de cerca,
esa apariencia se desvanecía, descubriéndose un mundo de
subterfugios de pura conveniencia, por no decir de mentiras. Los
llamados “judíos liberales" rechazaban a los sionistas, no
porque ellos no se sintiesen igualmente judíos, sino únicamente
porque éstos hacían una pública confesión de su judaísmo, lo que
ellos consideraban inconveniente y hasta peligroso.
¡Y
qué capítulo especial era aquél de la "pureza material y
moral" de ese pueblo! Cada vez más, esa pureza moral o de
cualquier otro género era una cuestión discutible. Que ellos no
eran amantes de la limpieza, podía apreciarse por su simple
apariencia. Infelizmente, no era raro llegar a esa conclusión hasta
con los ojos cerrados.
Muchas
veces, posteriormente, sentí náuseas ante el olor de esos
individuos vestidos de chaflán. Si a esto se añaden las ropas
sucias y la figura encorvada, se tiene el retrato fiel de esos seres.
En
el fondo se mantenía inalterable la solidaridad de todos.
De este modo,
siguiendo las huellas del elemento judío a través de todas las
manifestaciones de la vida cultural y artística, tropecé con ellos
inesperadamente donde menos lo hubiera podido suponer: ¡Judíos eran
también los dirigentes del Partido Socialdemócrata
Ahora que me
había asegurado que los judíos eran los líderes de la
Socialdemocracia, comencé a ver todo claro. La larga lucha que
mantuve conmigo mismo había llegado a su punto final.
Se podía
salvar a la gran masa, si bien es cierto sólo a costa de enormes
sacrificios de tiempo y de perseverancia. A un judío, en cambio,
jamás se le podía disuadir de su criterio. En aquel tiempo, en mi
ingenuidad de joven, creí poder evidenciar los errores de su
doctrina. En el pequeño círculo en el que me desenvolvía, me
esforzaba, por todos los medios a mi alcance, de convencerlos de lo
pernicioso de los errores del marxismo y pensaba lograr ese objetivo;
pero lo contrario es lo que siempre acontecía. Parecía que el
examen cada vez más profundo de la actuación desmoralizadora de las
teorías marxistas en sus aplicaciones prácticas, servía sólo para
volver cada vez más firmes las decisiones de los judíos.
No sabía qué
era lo que debía sorprenderme más: la locuacidad del judío, o su
arte de mistificar. Gradualmente comencé a odiarlos.
Actividad 2
- Elabora un mapa conceptual de la siguiente lectura: procura separar las tres lenguas y señalar su origen y características.
SEMITA
La palabra
semita se refiere a las personas descendientes de Sem. Esto incluye a
los árabes y judíos. Sem era uno de los hijos de Noé (Génesis
10: 21, Lucas
3:36)
Los
antiguos habitantes de Palestina (ahora Israel) veían que en su
entorno se hablaban distintas lenguas, unas que se parecían entre sí
y otras que no se parecían, y las dividieron en tres grupos. Con la
mentalidad tribal de aquella época denominaron cada grupo
lingüístico con el nombre de un personaje epónimo y los tres
grupos los explicaron como los descendientes de los tres hijos de
Noé:
- Al grupo de lenguas que se parecían a las que ellos hablaban (cananeo-hebreo-fenicio) las llamaron con el nombre de Sem, en la Biblia escrito שֵׁם (šēm), relacionado con el antiguo nombre de Siria y Damasco, llamados ambos hasta hoy en árabe شام (šām), que sería el supuesto hijo bendito, más que nada porque a su supuesta estirpe había de pertenecer, entre otros, el pueblo hebreo, que era el que escribía estas tradiciones.
- A los que hablaban lenguas emparentadas con las del antiguo Egipto se les dio como antepasado epónimo a Cam, חָם (hām), el supuesto hijo maldito, lo que justificaría las constantes enemistades de los hebreos con los egipcios, pero como también las tenían los hebreos con los cananeos, pese a que la lengua cananea era del grupo semítico y poco diferente de la hebrea hasta el punto de que los lingüistas consideran la una variante dialectal de la otra, metieron a los cananeos en el grupo de los hijos de Cam.
- Por último, a los que hablaban lenguas emparentadas con las de los hititas o los aqueos, lo que ahora llamaríamos el grupo indoeuropeo, los hicieron descendientes de Jafet, en la Biblia יָפֶת (yāpheth).
Así es
como, mediante estos tres hijos de Noé, y tras la confusión de
lenguas provocada por el episodio de la torre de Babel, explicaban en
la época de pensamiento mítico preteorético las diferencias y las
similitudes observadas en los tres grupos de lenguas presentes en el
entorno de la zona siro-palestina.
Cuando en
el siglo XIX se empezó a estudiar diacrónicamente el acervo
lingüístico mundial se acuñaron expresiones derivadas de estos
nombres:
- Para denominar el grupo de lenguas a que pertenecen el árabe, el hebreo-fenicio-cananeo, el acadio, el arameo, el asirio-babilónico, el sudarábigo, el etiópico, etc. se acuñó el término semita y dichas lenguas se llamaron "lenguas semíticas".
- El grupo al que pertenecen el antiguo egipcio hoy copto, el amazige, bereber o tuareg, el guanche antiguo de Canarias, el somalí y otras lenguas habladas desde Sudán hasta Kenya se acuñó el término de camita y "lenguas camíticas".
- Y para el grupo de lenguas de la familia indoeuropea a que pertenecen las lenguas latinas, germánicas, eslavas, iranias e hindostánicas, en lugar de *jafetita se prefirió el término ario, tomado de una denominación de sí mismos que encontraron en estos pueblos y que se mantiene en lo que hoy es el estado de Aryana, en la Unión India.
La
estupidez humana, que es mayor de lo que a veces creemos, dio en
considerar "razas" a estos grupos de lenguas, como si las
personas llevaran información lingüística en los genes. Y así es
como muchos se obstinaron en llamar "semitas" a los
europeos de religión judía, que cultivaban la lengua hebrea de la
Biblia como lengua litúrgica, y a considerarlos de otra raza
distinta a la de los europeos de religión cristiana cuya lengua de
culto, si alguna tenían, era el latín de los católicos romanos.
Los europeos cristianos, pues, eran según estos erróneos criterios
de la "raza" aria y los judíos de la "raza"
semita. Esta majadería, a pesar de la derrota de los que la
sustentaban mayoritariamente, no ha desaparecido del todo como idea.
Para
evitar meterse en berenjenales se ha desestimado en lingüística el
empleo de la palabra ario, que está demasiado manchada, y en
su lugar se emplea el término indoeuropeo para referirse al
grupo de lenguas en el que han escrito personas de orígenes étnicos
tan dispares como Wole Soyinka, San Lucas, Vidiadhar Surajprasad
Naipaul, el Inca Garcilaso, Rabindranath Tagore, Tahar Benjelloun,
Rigoberta Menchú, Amin Maalouf o Edward Said.
En lugar
de "lenguas semíticas", "lenguas camíticas",
o la suma de ambas "lenguas camitosemíticas",
actualmente se prefiere hacer la referencia a "lenguas
afroasiáticas". Sin embargo, como una herencia del
pasado nazi europeo, aún se sigue llamando "antisemita"
al que odia a los judíos.
Acerca de
las supuestas enemistades de los hebreos con los cananeos y la
aparente contradicción de que las dos lenguas se parezcan tanto, un
estudio que se lleva a cabo desde hace muchos años en el Instituto
de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv por el Dr. Israel
Finkelstein y su equipo (recogido en libros como "La Biblia
desenterrada" y otros) concluye a tenor de los hallazgos que los
propios hebreos eran canananeos.
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